Fin de una era autoritaria (¿en serio?)
El 8 de agosto de 2025, Alexander Lukashenko, líder de facto de Bielorrusia desde 1994, admitió en una entrevista con Time que no planea buscar un nuevo mandato tras su reelección en enero. Aunque adjudica la responsabilidad de sucesor a alguien que “no rompa nada de un salto”, aseguró que su hijo no es un heredero designado.
Pero tratándose de un régimen marcado por fraude, represión y elecciones cuestionadas, esta declaración más parece táctica que realismo. Él mismo consolidó su longevidad haciendo reformas constitucionales y fianzas legales para prolongar su poder indefinidamente.
Medidas de control político como legado
A pesar de su anuncio, el control de Lukashenko sobre el sistema político es absoluto. A través de referendos, eliminó límites de mandato y creó la Asamblea Popular de Belarus, apuntalando su poder post-presidencial. Además, en 2024 sancionó leyes que impiden postular a líderes opositores desde el extranjero y se otorgó inmunidad de por vida como expresidente, protegiéndolo contra futuras persecuciones legales.
Las elecciones de enero de 2025, donde obtuvo cerca del 88 % de los votos, fueron descritas por observadores occidentales como farsa consensuada, sin competencia real ni libertad de prensa. Alrededor de 1.200 presos políticos —incluido el premio Nobel Ales Bialiatski— siguen detenidos, pese a pardones selectivos que buscan reducir la presión internacional.
¿Un «último mandato» o una coartada de supervivencia?
Desde la derecha política, debemos reconocer que la declaración de no reelección no es señal de modernización, sino probablemente un acto de supervivencia política. Lukashenko busca proyectar moderación mientras consolida su seguridad legal y control del Estado, preparando su salida sin cambiar nada esencial.
Un régimen que bloquea a dissidentes, compra lealtades y retiene un aparato represivo no se reforma anunciando retiro. Es fundamental que Occidente y la disidencia exijan que la transición incluya elecciones competitivas realmente libres, respeto al Estado de Derecho, liberación total de presos políticos y reforma constitucional verdadera.
Conclusión
La confesión de Lukashenko es una cortina de humo diseñada para proyectar calidez ante crecientes sanciones internacionales. Sin condiciones democráticas reales, sigue siendo el último dictador de Europa. La derecha política debe exigir claridad institucional, reforma electoral y justicia para las víctimas del autoritarismo.
El fin de su reelección solo será significativo si lo acompañan mecanismos reales de rendición de cuentas, separación de poderes y reconstrucción republicana. Sin esos pasos, Bielorrusia seguirá siendo autocracia disfrazada de transición.


