El secretario general de la ONU ha calificado el plan de Israel para tomar el control de Gaza City como una “escalada peligrosa”, mientras el Consejo de Seguridad prepara una reunión de emergencia. Una vez más, el organismo internacional demuestra su hipocresía: cuando Hamás lanza cohetes contra civiles israelíes, la ONU guarda silencio; cuando Israel responde para proteger a su pueblo, es acusado de agresión. Esta es la lógica torcida del progresismo internacional, que nunca perdona a un país que defiende sus fronteras y su soberanía.
Gaza: base de operaciones terroristas
Hamas no es un “movimiento de resistencia” como lo pintan algunos medios complacientes, sino una organización terrorista que ha hecho de Gaza una plataforma para atacar a Israel y secuestrar a sus ciudadanos. Utilizan a la población como escudo humano, esconden arsenales en escuelas y hospitales, y entrenan a niños para el odio y el asesinato. Tolerar que Gaza siga bajo control de estos criminales es condenar a generaciones enteras —tanto israelíes como palestinas— a vivir bajo el terror.
Esto no significa que todos los habitantes de Gaza sean parte o cómplices de Hamas. Muchos gazatíes sufren también la opresión y el control de este régimen como de las acciones militares del mismo Israel, viven amenazados y sin libertad para expresar su desacuerdo. Pero al final del día, son rehenes dentro de su propia tierra debido al surgimiento de Hamás, son utilizados como moneda de cambio por una cúpula que prioriza su ideología fanática por encima de la vida de su propia gente. Reconocer esta diferencia es clave para entender que liberar a Gaza de Hamas es también una forma de liberar a los gazatíes que desean vivir en paz.
Israel tiene derecho y deber de actuar
La seguridad de un Estado no se negocia con quienes quieren destruirlo. El plan de Netanyahu para tomar Gaza City es una respuesta a años de agresiones y al incumplimiento sistemático de cualquier alto el fuego por parte de Hamas. Cualquier nación que sufra ataques constantes tiene no solo el derecho, sino la obligación moral de neutralizar la amenaza.
La izquierda global, desde despachos en Bruselas hasta cátedras universitarias en Nueva York, insiste en demonizar a Israel mientras blanquea a los terroristas de Gaza y se olvidan de la verdadera población gazatíe. Se indignan por las operaciones militares israelíes, pero callan cuando Hamas utiliza la ayuda humanitaria para comprar armas. Su “solidaridad” selectiva no es defensa de los derechos humanos, es complicidad ideológica con el terrorismo islámico que sueña con borrar a Israel del mapa.
La batalla por Gaza no es solo un conflicto regional; es parte de la guerra global contra el islamismo radical. Nos guste o no, Israel está indirectamente en la defendiendo los mismos valores que Occidente dice apreciar: libertad, democracia y seguridad. Apoyar su lucha no es un acto de parcialidad, es un compromiso con la supervivencia de la civilización frente a quienes quieren destruirla.
Conclusión
La reacción de la ONU y de buena parte del progresismo internacional ante el plan de Israel para tomar Gaza City confirma lo que ya sabemos: para ellos, el problema nunca son los terroristas que atacan, sino quienes se defienden. Hamas ha convertido Gaza en un santuario de odio, un centro de operaciones para asesinar civiles y un laboratorio de adoctrinamiento islamista. Ante eso, Israel no solo tiene el derecho, sino el deber histórico y moral de actuar con contundencia.
Quien critique su defensa mientras calla ante los crímenes de Hamas no es un defensor de la paz, sino un aliado útil del islamismo radical. Apoyar a Israel, al menos en esta situación, no es una cuestión de afinidad política, es defender la libertad, la seguridad y la vida frente a un enemigo que no reconoce fronteras ni valores humanos.


