El intento de secuestro ideológico de Cristo
La izquierda, en su desesperación por legitimarse moralmente, suele recurrir a una frase cliché: “Jesucristo fue el primer comunista”. Es el argumento favorito de progresistas, teólogos de la liberación y marxistas disfrazados de cristianos. Según ellos, el mensaje del Evangelio —el amor al prójimo, el compartir bienes, la ayuda al necesitado— sería una anticipación de la utopía comunista.
Pero esa es una distorsión calculada. El comunismo no se basa en la caridad, sino en la imposición del Estado, la abolición de la propiedad privada y la persecución de la fe. Cristo nunca habló de “planificación central” ni de “revolución proletaria”. Su Reino no era de este mundo y su mensaje fue espiritual, no materialista.
Cristianismo: libertad, no colectivismo
La enseñanza de Jesús se sostiene en la responsabilidad individual: “Cada uno dará cuenta de sí mismo a Dios”. La salvación no es colectiva ni decretada por una autoridad humana; es una decisión libre y personal. Esa base es incompatible con el comunismo, que reduce al individuo a engranaje de un sistema estatal.
Además, cuando Cristo invita al joven rico a vender sus bienes y dárselos a los pobres, lo hace como un llamado libre, no como un decreto gubernamental. La caridad cristiana nace del corazón, no de la confiscación violenta. Donar es virtud; expropiar es robo. Esa diferencia es la frontera entre el cristianismo y el marxismo.
La persecución comunista contra Cristo y su Iglesia
Si Cristo fuera comunista, ¿por qué todos los regímenes marxistas han perseguido brutalmente a la Iglesia? URSS, China, Cuba, Nicaragua, Corea del Norte: en todos los casos, la fe cristiana fue censurada, sus templos cerrados, sus sacerdotes encarcelados. El comunismo no tolera a Jesucristo porque Él encarna el principio que ellos odian: la libertad espiritual y la dignidad del hombre.
El comunismo busca reemplazar a Dios con el Estado, imponer dogmas ateos y borrar la trascendencia. No en vano Karl Marx describió la religión como “el opio del pueblo”. Jesucristo, en cambio, dio esperanza a los pobres sin incitarlos al odio, fundó una Iglesia que atraviesa siglos y cimentó la cultura de Occidente, algo que el comunismo solo ha destruido donde ha gobernado.
La verdadera herencia de Cristo
La civilización cristiana creó las bases de la libertad: la dignidad de la persona, la sacralidad de la vida, la igualdad ante Dios. De ese suelo brotaron la universidad, la ciencia moderna, el derecho natural y, más adelante, las democracias republicanas y las economías libres.
Jesucristo no fundó un partido político; fundó un mensaje eterno. El comunismo, en cambio, es una ideología caduca, responsable de cien millones de muertos en el siglo XX. Pretender que Cristo y Marx están en la misma línea es no solo un error histórico, sino una blasfemia ideológica.
Conclusión
Jesucristo nunca fue comunista. Fue —y sigue siendo— el pilar espiritual de Occidente y de la libertad humana. Su mensaje no fue de odio ni de resentimiento, sino de amor, responsabilidad y esperanza. El comunismo, por el contrario, ha sido una religión falsa de muerte y esclavitud. La izquierda intenta secuestrar a Cristo porque carece de legitimidad moral propia. Desde la derecha debemos responder con claridad: Cristo es la raíz de la libertad, y su palabra no será nunca bandera de tiranos.


