¿Quiénes y cuántos son?
Desde hace años, exmilitares colombianos sin oportunidades se suman como combatientes en Ucrania, atraídos por salarios de entre 3.000 a 5.000 USD mensuales—mucho más que en Colombia. Según el embajador de Colombia en Reino Unido, Roy Barreras, al menos 200 están en combate y 51 ya han perdido la vida. El canciller Luis Gilberto Murillo, por su parte, indicó que 500 colombianos han participado, con unos 300 muertos, 100 combatiendo y otros regresados.
Un oficial ucraniano afirma que entre 1.000 y 2.000 colombianos se han alistado en las fuerzas armadas de Ucrania. Se crearon unidades como la “Guajiro”, parte de la Brigada Jártiia, integrada por colombianos entrenados en técnicas modernas de combate.
¿Mercenarios o voluntarios ideales?
Rusia los tilda de “mercenarios”, incluso acusa a Ucrania de reclutar sicarios de cárteles mediante una empresa en Medellín llamada Segurcol Ltd. También reportes periodísticos indican que muchos vienen con ideales —no todos por dinero, aunque el sueño rápido de ingresos es real— y defienden voluntariamente a Ucrania desde convicción política o solidaridad.
Algunos han demostrado eficacia táctica notable: medios británicos reportan que serían superiores a la generación actual de reclutas ucranianos, motivados y entrenados. En combates contra tropas norcoreanas apoyando a Rusia, también se destacaron por su experiencia extrema y autonomía.
Riesgos, repatriaciones y condenas
Las condiciones son extremas: falta de garantías, repatriaciones costosas y muerte permanente. Varios colombianos han denunciado las duras condiciones: “esto no es un paseo”, dijeron, alertando sobre el engaño de la “buena paga”. Un tribunal ruso ha condenado a 9 años de cárcel a un colombiano por combatir como mercenario, lo que expone la criminalización internacional del fenómeno. Dos más fueron arrestados en Moscú tras intentar regresar, acusados de actividades mercenarias.
Interpretación de la derecha política
Desde una visión conservadora, esta guerra debe ser interna, no un circo exterior que consume vidas de compatriotas. Lo trágico es que el Estado colombiano no creó alternativas para estos veteranos, que en vez de defender al país, terminan muertos o presos en guerras ajenas. La ausencia estatal —no solo militar— es la raíz de este éxodo de excombatientes.
No rechazamos la voluntad individual, pero exigimos políticas precisas: formación profesional civil para exmilitares, prevención de reclutamiento por redes obscuras, y reevaluación de la imagen bélica como única salida económica.
Conclusión
Los colombianos combatiendo en Ucrania son el reflejo de un Estado que falla primero en su gente, y luego en la política exterior. No son héroes, pero tampoco villanos ideales: son víctimas de una carencia estatal profunda. La derecha política debe exigir justicia real: dignificación del exmilitar, estrategia interna de seguridad y prevención del reclutamiento internacional de hombres dispuestos al sacrificio por cualquier causa, por más noble o oscura.


